Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística

Hay algo que ocurre cada año, casi sin que lo notemos. El calendario avanza con reglas claras, rutinas, horarios, compromisos. Y de pronto, durante unos días, ese orden se suspende. Las ciudades cambian de ritmo. El cuerpo cambia de actitud. El exceso deja de ser un error y se convierte en norma.

El carnaval no nació como espectáculo turístico. Nació como interrupción.

La palabra proviene del latín carne levare, “quitar la carne”. Era la antesala de la Cuaresma en el calendario cristiano. Antes del ayuno, la abundancia; antes del recogimiento, el desborde. Desde la Edad Media, ese momento permitió invertir jerarquías, disfrazarse, exagerar.

Disfraces prohibidos y bailes en tiempos de guerra: así era el carnaval en Tucumán

La fecha sigue siendo móvil porque depende de la Pascua. Pero más allá del calendario, cada cultura lo transformó en algo propio.

La máscara y el anonimato: el teatro de Venecia

En la Venecia del siglo XII ya se hablaba de carnaval. Con el tiempo, especialmente durante la República Veneciana, la máscara se convirtió en herramienta política y social. Permitía borrar diferencias. Un comerciante podía mezclarse con la aristocracia. Una mujer podía circular sin ser reconocida.

El cuerpo se cubría con capas pesadas, terciopelos, brocados. El rostro desaparecía detrás de la bauta o la moretta. El invierno europeo reforzaba esa teatralidad: frío, niebla, palacios iluminados por velas.

En el cine, esa estética sobrevivió como símbolo de misterio. Basta recordar la atmósfera de máscaras y secretos en Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, o las escenas barrocas de Casanova, donde el carnaval funciona como espacio de seducción y anonimato.

En Venecia, el carnaval fue moda performática antes de que la moda existiera como industria. Era vestuario como relato.

Río: el cuerpo como espectáculo

Cuando el carnaval llegó a América con la colonización portuguesa y española, se mezcló con tradiciones africanas e indígenas. En Brasil, esa fusión dio origen a otra cosa.

En Río, el cuerpo no se esconde: se exhibe. Plumas, lentejuelas, estructuras gigantes, carrozas que avanzan por el Sambódromo. Las escuelas de samba trabajan durante meses para unos minutos de desfile. Hay diseño, coreografía, competencia. El carnaval carioca no es improvisación. Es producción cultural de gran escala.

El cine también ayudó a construir ese imaginario. La película animada Rio convirtió la fiesta en postal global. Y desde los años 40, musicales y documentales mostraron el carnaval como energía colectiva.

Si Venecia construyó el misterio, Río construyó el movimiento.

El norte argentino: desenterrar al diablo

En el norte argentino, el carnaval tomó un camino propio. No comienza con un desfile. Comienza con un gesto: el desentierro del diablo. La figura simbólica se saca de la tierra para dar inicio a la celebración. Hay albahaca detrás de la oreja, talco en el aire, comparsas que avanzan entre música y polvo.

Aquí el disfraz no responde a una tendencia internacional. Responde a memoria. Las máscaras de diablo no son accesorio estético: representan una mezcla de cosmovisión andina y tradición cristiana. El carnaval coincide con el calendario agrícola. Marca ciclos.

En muchas provincias argentinas, el carnaval incluye prácticas que no siempre aparecen en la postal turística pero forman parte del ritual popular: arrojar agua, bombitas, pintura o talco.

En el norte, especialmente en Jujuy y Salta, el talco es casi un símbolo. Se lanza al aire y sobre las personas como gesto festivo. El cuerpo queda cubierto de polvo blanco, como si se borraran momentáneamente las marcas cotidianas.

En Tucumán, el recuerdo para muchos no es la comparsa, sino el “bombero loco” recorriendo las calles, las bombuchas de agua lanzadas desde veredas y balcones, la espuma que cubría el pelo y la ropa. Durante unas horas, la calle dejaba de ser tránsito y se convertía en escenario.

La pintura también tuvo su lugar, sobre todo en celebraciones más populares. El rostro intervenido no solo por maquillaje sino por color directo. El límite entre juego y exceso siempre fue parte de la dinámica.

La primera pasarela del mundo

Mucho antes de que existieran las semanas de la moda en París o Milán, el carnaval ya funcionaba como escenario de exhibición estética.

Fue, en cierto modo, la primera gran pasarela. Durante siglos, el vestuario de carnaval permitió experimentar con formas, materiales y volúmenes que el resto del año no tenían lugar. En Venecia, los bordados y las máscaras construyeron un lenguaje visual propio. En Río, las estructuras gigantes y la pedrería llevaron el cuerpo a una escala escénica. En el norte argentino, el color intenso y la máscara simbólica transformaron la indumentaria en relato territorial.

El carnaval habilita lo que la moda llama maximalismo: exceso de brillo, mezcla de texturas, superposición de elementos. Lo que en otro contexto podría parecer exagerado, aquí se vuelve norma compartida.

Hoy, cuando las pasarelas recuperan metalizados, transparencias, plumas o maquillaje dramático, no hacen más que reinterpretar códigos que el carnaval viene ensayando desde hace siglos.

Pero hay una diferencia fundamental: la moda cambia por temporada. El carnaval regresa cada año con la misma lógica ritual y no se trata solo de vestirse distinto. Se trata de transformarse.

El exceso como necesidad cultural

Tal vez ahí esté la clave.

El resto del año funciona bajo reglas. Horarios, productividad, discreción. El carnaval introduce una excepción colectiva. Permite exagerar sin justificación. Permite ocupar el espacio con más volumen, más brillo, más sonido.

En un mundo cada vez más regulado —donde la imagen se edita, el cuerpo se corrige y la exposición se calcula— el carnaval conserva algo primitivo: el derecho a desbordar.

No es casual que cada cultura tenga su versión. Venecia eligió el misterio. Río eligió el espectáculo. El norte argentino eligió el ritual. Pero todas coinciden en algo: durante unos días, el orden se flexibiliza.

Toda sociedad necesita ese momento. No como escape superficial, sino como equilibrio. El exceso no es lo opuesto al orden. Es su contrapunto.

Y cuando termina, cuando el calendario vuelve a imponerse, algo permanece. Tal vez no el traje ni la máscara, pero sí la certeza de que, al menos una vez al año, está permitido ser más grande que la propia rutina.